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¿Es una TV de pantalla plana, un amor incondicional, un romance pasional, un premio nobel, el reconocimiento de otros, el éxito, el fracaso, ese coche con más caballos de fuerza que lo que puedes entender?

Nuestra vida está regida por deseos, demandas y fantasías, entre las cuales hay un abismo. No hace falta ser un profesional de la mente para darse cuenta que lo que deseamos, pedimos o fantaseamos, muchas veces es diametralmente opuesto a lo que en realidad queremos. Aunque esta obviedad siempre es omitida por nuestra conciencia.

Lacan dice que las fantasías tienen que ser poco realistas, porque en el momento, en el instante que consigues lo que buscabas ya no lo queremos, ya no podemos quererlo. De esta forma para que el deseo pueda seguir existiendo necesita que sus objetos estén permanentemente fuera de alcance. Siempre pesa más lo que se desea que lo que se sabe, porque no es eso lo que deseas si no la fantasía de eso. Por lo tanto el deseo sustenta fantasías perturbadas.

Es por eso que Pascal dice que solo somos verdaderamente felices cuando soñamos con la futura felicidad. Cuando nos vemos en medio del vacío, y pensamos que el futuro será mejor, estamos albergando una esperanza fantasma en el mañana. Es esa visión y seguridad en que hay un porvenir mejor lo que ha salvado a muchos de las peores circunstancias. Craso error.

La fantasía es definitivamente lo que hace a la vida atrayente. El placer está en la caza, no en la matanza. El objeto de deseo deja de serlo cuando es poseído. Usualmente, lo mejor sería aprovechar ese pequeño lapso de tiempo en que el mundo parece recién pintado y disfrutarlo mientras lo tengas, a sabiendas de que todo es perecedero.

El refrán “ten cuidado con lo que deseas”, no es por conseguirlo, o por la naturaleza de lo que quieras, si no porque estás condenando a no quererlo en cuanto lo consigas.

En este punto la lección de Lacan es que vivir con tus deseos no te hará nunca feliz.

Ser íntegramente humano significa esforzarte por vivir de acuerdo con ideas e ideales y no evaluar tu vida por lo que hayas obtenido en cuanto a tus deseos estereotipados, o tus más insanas fantasías, sino por aquellos breves momentos de integridad, racionalidad, compasión, entrega, comprensión incluso de abnegación que puedas tener. Para evaluar tu vida, no hace falta tener un método cuantificado de esto.

Porque al final la única manera de evaluar la relevancia de nuestra vida es valorando la vida de otros.