Una vez más el libre albedrio de la humanidad queda truncado desde muy temprana hora, el principio básico vital nos traiciona siendo solo cigotos expuestos a la decisión de nuestros creadores. Desde ese momento estamos muertos. En la actualidad algunos de nosotros hasta hacemos afán y nos regocijamos del hecho de estar muertos y seguir caminando. Las distintas modas oscuras y emocionales solo están aquí para recordarnos lo que queremos olvidar: Estamos muertos. Nuestra generación está empeñada en adoptar a la muerte como su perpetua amiga, como algo bello que carece de dolor, pues el dolor lo manifiesta el vivir.
En nuestro afán por querer entender este proceso creamos distintas ciencias, tanatologia, teología, psicología. Lo cierto es que lo primero que deberíamos aprender es que estamos aquí para morir; claro no sin antes haber padecido grandes cosas, esplendidos planes, trágicos amores y terribles traiciones. Cuando nos dicen “aprovecha el día”, quieren decir “ocúpate”, olvídate de que cada segundo que pasa, mueres poco a poco. Te oxidas. Cada respiración que tomas contribuye a que tu estancia desvanezca y concluyas tu ciclo vital sin pena ni gloria, y más importante aún, sin alborotos innecesarios que hagan cesar la paz de otros, a nadie le gusta escuchar lamentos ajenos ni servir de paño de lagrimas del compañero de oficina.
Darnos cuenta de que nacemos, crecemos y moriremos (algunos sin el “reproducirnos”) añade otro trauma a nuestra existencia, porque es queramos o no, la muerte siempre nos alcanza. El nacer en sí, es una condena limitada que nos hace acreedores a una estancia en la vida, en el mundo y en el espacio en que muchos otros han perecido por hacer exactamente lo que todos hacemos cada día: vivir. Incluso si vives al máximo, sigues estando muerto. Tratamos de ser personas vitales y coqueteamos constantemente con la muerte. Incluso sin pensarlo nos paramos asiduamente en el borde un precipicio y balanceamos nuestras opciones y decisiones al borde de él, solo para poder gritar: ¡mírame, sigo vivo!
Probablemente seamos afortunados ante la muerte. Es lo único que nos mantiene en el camino para conseguir lo que queremos, da sentido a nuestra vida y aflora nuestra humanidad cuando es necesario. La muerte proporciona la necesidad más primitiva que tenemos, la necesidad de antagonismo. El descubrimiento del enemigo implica la manifestación de nuestra propia esencia. Somos por lo que no somos.
A pesar de que no hay muerte digna, esta nos redime y purifica al hacernos consientes que nada es eterno y eso, muy a nuestro pesar, nos incluye.
La relación vida-muerte, es la más duradera que podamos tener, la más profunda y en general, la propia limitación de nuestra vida nos ayuda a la comprensión y valoración de la misma.
De cualquier forma, todo esto muchas veces no nos importa, morir es algo cotidiano y morboso, algo sin gloria ni cache, ni el meloso bouquet de años pasados, cuando al morir se te redimía, incluso hasta se te vanagloriaba. Ahora mueres centenares si no miles al día. La muerte es algo usual. Morimos todos los días, no hay nada de nuevo en ello.