Archivos en la Categoría: Reflextos

Tenía 21 años la primera vez que morí. No he aprendido todavía a tragarme las mentiras para conseguir la paz. No he podido comprender el porque de las mendigas que roban la luz en la madrugada ni el horizonte lleno del silencio que se te resbala por los labios. No he aprendido a ser paciente ni torrencial.

Una vez más el libre albedrio de la humanidad queda truncado desde muy temprana hora, el principio básico vital nos traiciona siendo solo cigotos expuestos a la decisión de nuestros creadores. Desde ese momento estamos muertos. En la actualidad algunos de nosotros hasta hacemos afán y nos regocijamos del hecho de estar muertos y seguir caminando. Las distintas modas oscuras y emocionales solo están aquí para recordarnos lo que queremos olvidar: Estamos muertos. Nuestra generación está empeñada en adoptar a la muerte como su perpetua amiga, como algo bello que carece de dolor, pues el dolor lo manifiesta el vivir.

En nuestro afán por querer entender este proceso creamos distintas ciencias, tanatologia, teología, psicología. Lo cierto es que lo primero que deberíamos aprender es que estamos aquí para morir; claro no sin antes haber padecido grandes cosas, esplendidos planes, trágicos amores y terribles traiciones. Cuando nos dicen “aprovecha el día”, quieren decir “ocúpate”, olvídate de que cada segundo que pasa, mueres poco a poco. Te oxidas. Cada respiración que tomas contribuye a que tu estancia desvanezca y concluyas tu ciclo vital sin pena ni gloria, y más importante aún, sin alborotos innecesarios que hagan cesar la paz de otros, a nadie le gusta escuchar lamentos ajenos ni servir de paño de lagrimas del compañero de oficina.

Darnos cuenta de que nacemos, crecemos y moriremos (algunos sin el “reproducirnos”) añade otro trauma a nuestra existencia, porque es queramos o no, la muerte siempre nos alcanza. El nacer en sí, es una condena limitada que nos hace acreedores a una estancia en la vida, en el mundo y en el espacio en que muchos otros han perecido por hacer exactamente lo que todos hacemos cada día: vivir. Incluso si vives al máximo, sigues estando muerto. Tratamos de ser personas vitales y coqueteamos constantemente con la muerte. Incluso sin pensarlo nos paramos asiduamente en el borde un precipicio y balanceamos nuestras opciones y decisiones al borde de él, solo para poder gritar: ¡mírame, sigo vivo!

Probablemente seamos afortunados ante la muerte. Es lo único que nos mantiene en el camino para conseguir lo que queremos, da sentido a nuestra vida y aflora nuestra humanidad cuando es necesario. La muerte proporciona la necesidad más primitiva que tenemos, la necesidad de antagonismo. El descubrimiento del enemigo implica la manifestación de nuestra propia esencia. Somos por lo que no somos.

A pesar de que no hay muerte digna, esta nos redime y purifica al hacernos consientes que nada es eterno y eso, muy a nuestro pesar, nos incluye.

La relación vida-muerte, es la más duradera que podamos tener, la más profunda y en general, la propia limitación de nuestra vida nos ayuda a la comprensión y valoración de la misma.

De cualquier forma, todo esto muchas veces no nos importa, morir es algo cotidiano y morboso, algo sin gloria ni cache, ni el meloso bouquet de años pasados, cuando al morir se te redimía, incluso hasta se te vanagloriaba. Ahora mueres centenares si no miles al día. La muerte es algo usual. Morimos todos los días, no hay nada de nuevo en ello.

Hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintidos. Acabo de ver la película más putamente curra, cursi y mamona de toda mi vida. Y si, tiene índole safista (a que no saben que es safista!) y la neta si me hizo soltar mis lagrimitas, pero tampoco es tanto. Yo la neta, la hubiera matado a ella, así bien el Túnel de Sábato, no me hubiera suicidad y mucho menos me hubiera echado un duelo con su pinche noviecito.

Yo….la neta no hubiera hecho nada, solo me concedería una tregua, dejaría de espuelar el recuerdo, de escanciar los sentimientos. Me olvidaría del tremendo goce que obtuve de sus labios. Pero…..mmmmtttaaaa…. es tan difícil, tan caprichosamente difícil.

Eniway….

Hoy es 9 de octubre. Dentro de un mes cumplo 22 años e inevitablemente, como todos los años siento que no he hecho nada de mi vida. Y que probablemente no haré nada. Nunca voy a terminar una carrera. Nunca me voy a titular. Probablemente nunca regrese a Europa a ver si la marca que deje sobre un palco de plaza sigue ahí.

Tengo 3 semestres de ingeniería, 2 de enfermería y varias clases aleatorias de letras. 1 carta de cambio de carrera, una de baja temporal y 2 de dimision de varias causas. 2 accidentes automovilisticos y uno alcoholico. Tengo 3 libros pseudo publicados, uno queriéndose publicar pero sin buen augurio. 2 investigaciones ambientales publicadas y 3 manuales/compendios de letras españolas. Tengo en mí haber 9 amoríos inacabados, dos trágicos amores y miles de dudas acerca de ellos. He leído – y releído – cerca de mil libros, y compuesto dos canciones para piano. Ah sí, y toco el piano de cuando en cuando. Tengo una deuda por 20 mil pesos que estoy pagando y liquidando constantemente. Estoy ahorrando para un coche. En el presente y hasta agosto del 2009 un empleo que me remunera 5 cifras mensualmente y miles de horas de hastío interno que complemente con Demian, que volvi a leer después de ver un anime dramático.

Mis brazos muestras 8 marcas de canalizaciones hechas en la última semana.

Actualmente escribo para varias publicaciones medio chafas, por no decir mediocres con seudónimos inimaginables como Avianna Déniz y Lázaro Vidaurri Dufour y me empeño en redactar un artículo titulado “todos nacemos muertos” que estoy segura…yo no me invente, solo lo leí por ahí (el titulo). Sigo sin encontrar la letra que me complementara.

Como decía, siento que no he hecho nada. Y eso me deprime enormemente.

Ahh, y estoy posteando esto desde mi muy lenta conexión del trabajo.

Hay mentiras blancas y mentiras negras

…y muchas tonalidades de mentiras grises.

Hay mentiras en la boca del parroco, en los labios de la esposa, en los besos del amante. Mentiras sobran, motivos bastan, oidos se hacen sordos.

Yo quisiera poder dejar de mentirme. Quisiera poder dejar de pensar que todo esta bien, cuando no lo esta.

¿Es una TV de pantalla plana, un amor incondicional, un romance pasional, un premio nobel, el reconocimiento de otros, el éxito, el fracaso, ese coche con más caballos de fuerza que lo que puedes entender?

Nuestra vida está regida por deseos, demandas y fantasías, entre las cuales hay un abismo. No hace falta ser un profesional de la mente para darse cuenta que lo que deseamos, pedimos o fantaseamos, muchas veces es diametralmente opuesto a lo que en realidad queremos. Aunque esta obviedad siempre es omitida por nuestra conciencia.

Lacan dice que las fantasías tienen que ser poco realistas, porque en el momento, en el instante que consigues lo que buscabas ya no lo queremos, ya no podemos quererlo. De esta forma para que el deseo pueda seguir existiendo necesita que sus objetos estén permanentemente fuera de alcance. Siempre pesa más lo que se desea que lo que se sabe, porque no es eso lo que deseas si no la fantasía de eso. Por lo tanto el deseo sustenta fantasías perturbadas.

Es por eso que Pascal dice que solo somos verdaderamente felices cuando soñamos con la futura felicidad. Cuando nos vemos en medio del vacío, y pensamos que el futuro será mejor, estamos albergando una esperanza fantasma en el mañana. Es esa visión y seguridad en que hay un porvenir mejor lo que ha salvado a muchos de las peores circunstancias. Craso error.

La fantasía es definitivamente lo que hace a la vida atrayente. El placer está en la caza, no en la matanza. El objeto de deseo deja de serlo cuando es poseído. Usualmente, lo mejor sería aprovechar ese pequeño lapso de tiempo en que el mundo parece recién pintado y disfrutarlo mientras lo tengas, a sabiendas de que todo es perecedero.

El refrán “ten cuidado con lo que deseas”, no es por conseguirlo, o por la naturaleza de lo que quieras, si no porque estás condenando a no quererlo en cuanto lo consigas.

En este punto la lección de Lacan es que vivir con tus deseos no te hará nunca feliz.

Ser íntegramente humano significa esforzarte por vivir de acuerdo con ideas e ideales y no evaluar tu vida por lo que hayas obtenido en cuanto a tus deseos estereotipados, o tus más insanas fantasías, sino por aquellos breves momentos de integridad, racionalidad, compasión, entrega, comprensión incluso de abnegación que puedas tener. Para evaluar tu vida, no hace falta tener un método cuantificado de esto.

Porque al final la única manera de evaluar la relevancia de nuestra vida es valorando la vida de otros.