Soñé que asesinaba a alguien. Todavía no sé quién era. O es.
Soñé que tomaba su cuello entre mis manos y susurraba a su oído palabras llenas de odio. Palabras que tenían el nombre de otra persona, que tampoco recuerdo, porque quería sacarme de su vida, decía que el espacio entre nosotros quedaba sobrando, Yo contestaba que quien quiere de verdad, quiere en silencio, con hechos y nunca con palabras.
Soñé que la arrastraba a un cementerio y entre matorrales muertos le asestaba el primer golpe. Creo que era una mujer.
Que de la nada mis manos se pintaban de carmesí y su vida se escurría entre mis dedos. Pero yo no podia deternerme. Mientras levanta el brazo para hundir otra vez el cuchillo pude ver en las ramas de un árbol cercano a un conejo de ojos rojos, que miraba fijamente y movía la nariz como si estuviese masticando algo y de sus diente colgaban hojas impresas y un olor a papel quemado me impregnaba la ropa.
Después de tantas puñaladas por fin me sentia libre, me mantuve en silencio para poder oir su último estertor y cantar victoria; su cuerpo ensangrentado estaba tirado sobre la hojarasca putrida que cubria el suelo, y por arte magia empezaba a encogerse. Se momificaba hasta parecer el cuerpo de un niño de meses, con la piel ceniza y las cuencas de los ojos hundidas. Tal era mi delirio que buscaba una lata de cafeé de colombia entre mis cosas para ahí guardar el cuerpecillo. Lo dejaba a la vista de todos, en uno de los paraplenes que construyeron en la rivera del rio.
Nadie notaba su ausencia. Ya en la quietud de mi cuarto lo inimaginable ocurrio. Trate de agarrar uno de mis libros y al contacto se encendia en llamas azules. Asi uno y otro y otro. Lo unico que me quedaba eran trocitos de páginas quemadas con retazos de palabras impresas y el olor a papel quemado que habia sentido en el cementerio.
Cada que lavaba mi ropa se teñia del color de su vida y se escurría hasta la coladera donde mis perras olfateaban el cemento mojado y huían chillando. Después desperté y ese mismo carmesí se introducía en mí mediante tubitos de dudoso material que enfermeras de largos dedos y sonrisa falsa ponen en mis venas.
Después soñé que me encontraba una libreta chiquita, con hojas de rehúso engargolada, como un bloc de notas. Y lo guaradaba sigilosamente en mi mochila sin que nadie me viera. En el distinguía tu delgada caligrafía. Las letras brotaban conforme iba pasando de hoja, una a una. Y luego a montones. La leía toda pero al querer volver la pagina las letras se iban degradando en motas de tinta imperfecta que se hacían agua en los bordes de la hoja para terminar chorreando mis pantalones, impregnándolos de un tibio sentimiento de tristeza. Al terminar de leer la libretita no recordaba ninguna palabra. No recordaba tu rostro ni el sabor de tus besos.
Después volví a despertar y los mismos tubos estaban en mis pocas venas.