Podía ver como se movía entre la gente. Podía verlo. Podía sentirlo, pero solo eso. Su figura me era tan irreal como su nombre. Ese día Guanajuato se ilumino por primera vez para mí. Para todos. Pero una sombre ennegrecía el panorama, una sombra que amenazaba con desatar una lluvia tupida, de esas que hielan hasta los huesos. De esas que tanto se disfrutan en la habitación de un motel barato, bebiendo tinto barato y fumando camels sin filtro. Pero eso ya no podía ser, aquellos días habían pasado mientras la sociedad que mediaba entre nosotros se presentaba cada vez más amenazadora y embriagante. Y aunque le echábamos la culpa a la sociedad no era más que otro capricho de pseudo escritor muertodehambre con aspiraciones emocionales demasiado altas.

- -¿quieres mota?

Y la vida se ilumino, y el cerebro se adormeció. Comprendí lo bello de perderse entre duendes de pelo ralo y pies sucios, de no solo estar sentada como estúpida en medio de una peda infrahumana que pedía a gritos convertirse en orgía de veinteañeros sin quehacer en una de las ciudades más borrachas del estado, comprendí que la vida estaba en otra parte y que yo no iba a llegar a ningún lado estando ahí. Pero aún así me quede, y me fume mi primer churro. Y luego fue mi primer beso drogado y después el estruendo de los vidrios chocando contra el suelo y convirtiéndose en polvo que solo resbala por la espalda cansada de algún fulano ebrio a morir, y vi tan detalladamente como esa sangre que tanto me embriaga salía borbotones del cuello de otra persona. Por primera vez sentí la belleza de saberme sola en este mundo, de colorear las heridas con los dedos y un poco de alquitrán. Y tira los recuerdos por el retrete, verlos ahí, junto al vomitivo vodka, chapoteando cual infantes en verano.

Pero todo eso era nada. Todo eso era mota. Todo eso no era más que un pensamiento cannabicoreflexivo de lo tonto que puede ser el mundo. De lo mucho que no tengo y de lo poco que me sostengo.

Dio el alba y yo seguía platicando, y vi el primer amanecer apareciendo entre las colinas, bañando el dorso de la H. Universidad de Guanajuato con tintes rojizos, con tintes oscuros. Y pensé en cuantas personas no había cometido la estupidez de su vida tan solo unas horas atrás. De cómo, algunos, se arrepentirían años, tal vez solo meses después. Y pensé en cómo podría vivir mis cuatro años universitarios drogada hasta el tuétano, pasando de conversación alcohólica a encuentro lascivo una y otra vez, y ese círculo me asusto. Sentí como la garganta se me cerraba y mis piernas cobraban vida propia, para alejarse lo más lejos y rápidamente posible de ahí. De esa vida. De esa droga. De ese olor.

Volví a ver a los ojos de la niña otrora engañada y sentí lastima, y culpa. Sobre todo culpa. Pero aquello solo era un momento más.

3 horas después, sentada en el camión me sentí mejor. Cavile demasiado en el camino, pensé en lo mucho que lo quería y en lo poco que lo merecía. Pensé en que yo no podría ser un escritor. No podría contar esas historias de dolorosos amores, ni jalarme los tendones en pro del dramatismo. No soy lo suficientemente mística como para ser una artista. Pensé. Y muchísimo mejor cuando sentí el olor dulzón del smog salmantino penetrar mi nariz y llegar hasta mis ya muy intoxicados pulmones.

Escribe un comentario

*
*