Haberlo dicho tantas veces a hecho que pierda el sentido…para mí.
Veo las agujas y me parecen inofensivas, las veo con mirada reconfortante, a sabiendas de que un solo piquete me puede llevar a la quimera. Estoy a una aguja de la felicidad.
Como cada día enciendo la radio, como cada día escucho lo mismo… cada día entiendo menos. ¿Han notado que en los anuncios radiofónicos todo el mundo habla rápido? Pero mi tiempo sigue caminando, gateando, arrastrándose lentamente por las manecillas de mi reloj con más flojera que la de costumbre. El día parece que no termina.
Las palabras siguen sin poder salir de mi garganta, están demasiado perezosas como para ver la tenue luz que ilumina al mundo en estos días. Y aparte tienen orgullo. Se niegan a salir. En las profundidades de mi sentir, no me queda más que ahogarlas en humo, en la inconciencia auto inflingida en la que estoy.
Los tonos del sol rigen mis molestias cotidianas, rigen el resplandor de mis ojos y el color con que veo las cosas. Me agazapo detrás del mostrador como roedor asustado, tratando de encontrar alguna señal entre líneas. Tratando de encontrar tu nombre en ellas. Las leo miles de veces hasta que mi esperanza – ya de por si podrida – cae fracasada al fondo de mi torso, haciéndoles compañía a las palabras.
En las noches el cielo manda kamimazes cristalinos, con la esperanza de aplacar mi dolor. A veces lo noquean con la dureza de su estela. Solo a veces.
Día a día me peleo con las motas de polvo que danzan a mí alrededor tratando de alegrarme el día. Y maldigo a los árboles por dejar caer sus hojas compresivas sobre mí.