El vino habla. Lo sabe todo el mundo. Echemos un vistazo a nuestro alrededor. Consultemos el oráculo de la esquina; aquel a quien nadie a invitado al banquete de boda; al necio. Habla, ventriloquiza. Tiene un millón de voces. Desata la lengua, nos saca los secretos que nunca pensábamos contar, secretos que ni siquiera conocíamos. Grita, despotrica, susurra. Habla de grandes cosas, de esplendidos planes, de trágicos amores y terribles traiciones. Suelta carcajadas. Ríe entre dientes. Llora ante su propio reflejo. Abre veranos pasados hace mucho y recuerdos que mejor sería olvidar. Cada botella, un olorcillo de otros tiempos, otros lugares y cada uno –desde el Liebfraumilch más corriente hasta el dominante Veuve Clicquot 1945- un humilde milagro. Magia cotidiana, la llamo Joe. La transformación de materia pura y simple en el ingrediente de los sueños. Una alquimia asequible.
Yo, por ejemplo. Fleurie 1962. El ultimo superviviente de una caja de doce, embotellado y guardado en la bodega del año en que nació Jay <<Un vino vivaracho, parlanchín, risueño, con cierto desparpajo y un mordaz sabor a casís>>, reza la etiqueta. En realidad no es un vino para guardar, pero él lo hizo. Por mor a la nostalgia. Para una ocasión especial. Un cumpleaños, quizá una boda. Peros sus cumpleaños pasaron sin celebraciones; tomando tinto argentino y mirando viejas películas del Oeste. Hace cinco años, dispuso una mesa adornada con candelabros de plata pero de aquello no saco nada. A pesar de todo, la chica se quedó. Llegó con una legión de botellas: Dom Perignon, vodka Stolichnaya, Parfait D’Amour y Mounton-Cadet, cervezas belgas de largo cuello, vermú Nolly Prat y Fraise des Bois. Ellos también hablan, sobre todo de tonterías, cháchara metálica, como invitados alternando en una fiesta. Nos negamos a tener nada que ver con ellos. Nos empujaron al fondo de la bodega, a nosotros, los tres supervivientes, tras las flamantes hileras de los recién llegados, y allí permanecimos, olvidados, cinco años. Château Chalon del 58, Sancerre del 71 y yo mismo. Château Chalon ofendido ante su relegación, simula sordera y a menudo se niega incluso a hablar. <<Un añejo de gran dignidad y altura>>, cita literalmente él en los contados momentos en que se siente comunicativo. Gusta de recordarnos su antigüedad, la longevidad de los amarillos vinos del Jura. Saca partido de ello, al igual que de su meloso bouquet y su genuino pedigrí. El Sancerre hace tiempo que se ha avinagrado y aún habla menos, en alguna ocasión suspira levemente pensando en su desvanecida juventud.
Luego seis semanas antes de empezar esta historia, aparecieron los otros. Los desconocidos. Los Especiales. Los intrusos que lo iniciaron, si bien ellos también parecían olvidados tras las nuevas y relucientes botellas. Seis de ellos, con su propia etiqueta pequeña manuscrita, sellados con cera de vela. Cada botella llevaba un cordón de distinto color anudado al cuello; rojo frambuesa, verde sauco, azul mora, amarillo escaramujo, negro ciruela damascena. La ultima botella anudada con un cordón marrón, era de un vino del que jamás había oído hablar. Specials, 1975, ponía la etiqueta, y la letra se había descolorido adquiriendo el tono del te viejo.
Pero en su interior bullían los secretos. No había forma de escapar de ellos; sus murmullos, sus silbidos, sus risas. Nosotros nos las dábamos de indiferentes ante sus payasadas. ¡Aquellos aficionados! Ni el más mínimo efluvio de uva en ninguno. Eran inferiores, y a nosotros nos molestaba que tuvieran un lugar allí. Así y todo notabas un atractivo descaro en esos seis filibusteros, un intenso choque de aromas e imágenes que hacia tambalear a los añejos más sobrios. Evidentemente nuestra dignidad nos impedía hablarles. Aunque, ¡Cuánto ansiaba hacerlo! Tal vez fuera verdad aquel vulgar regusto a casis lo que nos unía.
Catorce años antes, Jay había escrito una novela titulada Tres veranos con Joe Jackapple. Tres cajas de Veuve Clicquot del 76 celebraron sus publicación, bebido demasiado joven para hacerle justicia, pero resulta que a Jay siempre le pasaba lo mismo, se abalanzaba sobre la vida como si nunca pudiera quedar seca, como si lo que contuviera fuera a durar para siempre, éxito tras éxito en una celebración sin fin. Aquellos días no había bodega. Estábamos situados en una repisa encima de su maquina de escribir, por suerte decía él. Cuando acabo el libro abrió el ultimo de mis compañeros del 62 y se lo bebió muy despacio, girando y girando el vaso en sus manos cuando hubo terminado. Después se acerco a la repisa. Se quedo allí un momento. Sonrió y volvió –casi tambaleándose- a su sillón.
-La próxima vez, cariño –prometió-. Lo dejamos aquí hasta la próxima.
Ya veis, me habla, como un dia yo hablare con el. Es mi amigo más antiguo. Nos entendemos los dos. Nuestros destinos se entrecruzan. Naturalmente no hubo próxima vez.
Y después esta Kerry. Os presento a Kerry O’Neill, de veintiocho años, pelo rubio, corto, unos sorprendentes ojos verdes de los que Jay jamás sospecho que ocultaban unas lentes de contacto de color, periodista de televisión. Cinco años atrás antes, ella habría sonreído ante sus palabras. Tenía una casa en Chelsea, un apartamento en Nueva York y se estaba planteando seriamente una liposucción en los muslos. Ya era mayor. Seguía adelante. Sin embargo, para Jay nada avanzaba.
Cinco años antes, parecía la encarnación del artista temperamental, bebía media botella de Smirnoff al día, era un personaje romántico, estropeado, maldito. Despertó en ella el instinto maternal. Ella iba a redimirle, a inspirarle y, como contrapartida, el escribiría un maravilloso libro, un libro que iluminaria vidas. Todo gracias a ella.
Pero no sucedió nada de eso. Tal vez se había equivocado, pensaba Kerry. El no quería hacerse adulto. No quería que le salvaran.
Las botellas vacías contaban una historia diferente. Bebía, o eso se decía Jay, por la misma razón por la que escribía. No para olvidar, sino para recordar, para abrir el pasado y encontrarse de nuevo allí, como el hueso de una fruta amarga. De lo contrario no se produce la sintonía. Y se estropea el bouquet.
Joanne Harris//Vino Mágico.